Esencia de Marketing

En la era de la IA, las empresas contratan criterio, no respuestas

 

 

El Día Mundial de las Habilidades de la Juventud, celebrado el pasado mes de julio, nos invitaba a formular una pregunta incómoda: ¿estamos preparando a los estudiantes para superar asignaturas o para aportar valor en un mercado laboral que ya no premia solo lo que una persona sabe, sino lo que es capaz de hacer con ese conocimiento?

La inteligencia artificial está acelerando esta pregunta. Durante décadas hemos asociado la empleabilidad a la adquisición de conocimientos, competencias técnicas y titulaciones. Todo ello sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. Cuando una tecnología puede buscar información, resumir contenidos, generar informes, programar código, elaborar propuestas o producir respuestas en cuestión de segundos, la ventaja competitiva de un profesional no puede residir únicamente en tener información. En la era de la IA, el conocimiento seguirá siendo imprescindible, pero el verdadero diferencial será el criterio.

En la era de la IA, el conocimiento seguirá siendo imprescindible, pero el verdadero diferencial será el criterio

La transformación no es menor. El Fondo Monetario Internacional estima que cerca del 40 % del empleo mundial estará expuesto a la inteligencia artificial. Por su parte, el Foro Económico Mundial prevé que antes de 2030 se creen 170 millones de nuevos empleos y se desplacen 92 millones, con un saldo neto positivo de 78 millones de oportunidades. La cuestión, por tanto, no es solo cuántos empleos cambiarán, sino qué capacidades seguirán aportando valor cuando esta tecnología esté al alcance de todos.

El 40 % del empleo mundial estará expuesto a la IA. Y, según el Foro Económico Mundial, hasta 2030 se crearán 170 millones de empleos y se desplazarán 92 millones

Y esa pregunta interpela directamente a la universidad. La IA ya forma parte de la vida académica de los estudiantes. Según la Fundación CYD, el 89 % de los universitarios españoles utiliza herramientas de inteligencia artificial generativa y un 35 % lo hace a diario. Sin embargo, solo un 34 % afirma haber recibido formación específica por parte de su universidad para aprender a utilizarlas. Es decir, los estudiantes ya usan la IA, pero no siempre la usan con suficiente orientación, propósito o criterio académico y profesional.

Por eso, el debate universitario no puede limitarse a permitir o prohibir herramientas. Tampoco basta con asumir que, por haber nacido rodeados de tecnología, los jóvenes están preparados para utilizarla correctamente. Manejar aplicaciones, redes sociales o interfaces digitales no equivale a comprender cómo funcionan los sistemas tecnológicos, evaluar la fiabilidad de una información, detectar sesgos o aplicar la IA de forma ética, segura y responsable en contextos profesionales. La competencia digital y la competencia en inteligencia artificial no son rasgos generacionales: son aprendizajes que deben desarrollarse de forma intencional y progresiva.

La cuestión ya no es si la IA estará presente en las aulas, sino cómo evitar que sustituya los procesos cognitivos que hacen posible el aprendizaje. Según los recientes estudios del Parlamento Europeo y la OCDE, la IA puede ayudar a completar tareas más rápido y con una apariencia de mayor calidad, pero eso no garantiza que se haya producido un aprendizaje más profundo. Este efecto pose conoce como la paradoja del aprendizaje con IA. La dependencia excesiva, la reducción del esfuerzo intelectual o la pérdida de habilidades metacognitivas son riesgos que no deben ignorarse.

La cuestión ya no es si la IA estará presente en las aulas, sino cómo evitar que sustituya los procesos cognitivos que hacen posible el aprendizaje

Aaron Sams, uno de los padres el flipped learning, advertía recientemente de un escenario tan eficiente como inquietante: una IA genera los contenidos, otra ayuda al estudiante a resolver las tareas y una tercera las evalúa. IAs hablando con IAs. La imagen es provocadora porque obliga a formular las preguntas de fondo: ¿dónde se produce entonces el aprendizaje? ¿Y qué tipo de profesional estamos formando?

Preparar para el ejercicio profesional y garantizar el aprendizaje no son objetivos contrapuestos. Al contrario: la empleabilidad futura dependerá precisamente de la calidad del aprendizaje que logremos construir hoy. No se trata de formar estudiantes que usen IA para llegar antes al resultado, sino profesionales capaces de utilizarla críticamente para aportar valor.

No se trata de formar estudiantes que usen IA para llegar antes al resultado, sino profesionales capaces de utilizarla críticamente para aportar valor.

Esto exige una integración curricular de la inteligencia artificial con intención pedagógica que no se limite a enseñar herramientas. Los estudiantes deben comprender cómo funcionan estas tecnologías, cuáles son sus limitaciones, cómo pueden amplificar sesgos, cuándo conviene utilizarlas y cuándo no, cómo evaluar la fiabilidad de sus resultados y cómo declarar de forma transparente su uso. Pero, sobre todo, deben aprender a no delegar en la IA aquello que define la responsabilidad profesional: el juicio, la decisión y la rendición de cuentas.

Las habilidades tecnológicas relacionadas con la IA, los datos y la automatización serán cada vez más relevantes. Pero los informes internacionales coinciden en que las competencias interpersonales, las power skills, serán más necesarias que nunca: pensamiento analítico, creatividad, comunicación, resiliencia, colaboración, flexibilidad y aprendizaje permanente. La empleabilidad futura demanda un equilibrio entre habilidades técnicas, digitales y humanas.

La empleabilidad futura demanda un equilibrio entre habilidades técnicas, digitales y humanas

Esta es, sobre todo, una visión de la inteligencia artificial centrada en el ser humano. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, acelerar procesos y abrir nuevas oportunidades de aprendizaje y trabajo, pero la capacidad de decidir conscientemente y responder por esas decisiones debe seguir siendo responsabilidad de las personas.

Desde esta perspectiva, la universidad tiene que diseñar experiencias de aprendizaje en las que el estudiante no solo entregue productos, sino que tenga que formular problemas, contrastar evidencias, justificar decisiones, trabajar en equipo, recibir retroalimentación, iterar soluciones y enfrentarse a retos reales. Esa es la lógica del Modelo Educativo UAX Maker de la Universidad Alfonso X el Sabio: aprender haciendo, conectando disciplinas, colaborando con empresas, resolviendo problemas auténticos y empleando la tecnología con propósito.

La universidad que necesita nuestra sociedad no será la que incorpore antes la inteligencia artificial, sino la que mejor prepare a sus graduados para aportar valor en un mercado laboral transformado por ella. No bastará con saber usar herramientas. Habrá que saber cuándo usarlas, para qué, con qué límites y bajo qué responsabilidad.

En un mundo donde las respuestas se generan con una rapidez asombrosa, la diferenciación estará en saber convertir esas respuestas en conocimiento útil, decisiones responsables y soluciones con impacto real. Esa será la verdadera ventaja competitiva de los futuros profesionales. Y esa debe ser también una de las grandes misiones de la universidad: formar personas capaces de pensar, decidir y actuar con criterio en colaboración con la tecnología. El nuevo talento no se mide por lo que sabes, sino por lo que sabes hacer con IA.

Porque las empresas no contratan respuestas. Contratan criterio.

Salir de la versión móvil